París › Museo del Louvre

La Inmaculada Concepción con San Andrés y San Pablo

La Inmaculada Concepción con San Andrés y San Pablo

Una joven con un vestido blanco y un manto azul oscuro está sola en lo alto del lienzo, con las manos cruzadas sobre el pecho; su gesto parece ser el eje de toda la pintura. Sus pies descansan sobre un disco pálido entre un banco de nubes, y tras ella se eleva un resplandor dorado; sobre su cabeza aparecen una corona y una pequeña figura alada. Abajo, dos hombres barbudos ocupan las esquinas inferiores: a la izquierda, un anciano vestido de gris y marrón sostiene en alto una tosca viga de madera; a la derecha, un hombre descalzo con una capa roja sostiene un libro abierto y la mira hacia arriba. Entre ambos hay rocas oscuras y agua, mientras una multitud de niños alados, los putti, revolotea a su alrededor llevando una rosa, un lirio y grupos de marcos dorados.

Los dos hombres son los apóstoles Andrés y Pablo, por eso aparecen en el título. A Andrés se le reconoce por la viga de madera, semejante a una cruz, que lleva: el instrumento de su martirio. A Pablo, por el libro: las cartas que hicieron de él un maestro de la fe. Su ubicación abajo, frente a la figura elevada de la Virgen en lo alto, establece una sencilla jerarquía visual: los santos miran hacia arriba y la Virgen recibe sus miradas.

La obra es una pintura al óleo sobre lienzo, de unos 235 por 168 centímetros, y forma parte de la colección del Louvre, donde está catalogada con el número RF 2372. Los registros del Louvre mencionan a un propietario anterior, el señor Carvalho, como eslabón en la historia de la pintura antes de que llegara al museo. Juan de Valdés Leal nació en Sevilla en 1622, se formó en Córdoba con Antonio del Castillo y, más tarde, cofundó la academia de arte de Sevilla con su amigo Bartolomé Esteban Murillo.

Juan de Valdés Leal (1622–1690) fue pintor barroco y grabador, y, por formación, escultor y arquitecto. Nació y fue enterrado en Sevilla. Nacido Juan de Nisa, adoptó el apellido de su madre, Valdés Leal. A los veinte años se formó con Antonio del Castillo en Córdoba, donde permaneció hasta regresar a Sevilla a mediados de la década de 1650. Allí se estableció definitivamente y vivió en el barrio de San Andrés hasta su muerte, en 1690.

Según lo describen las fuentes, su temperamento lo inclinaba hacia lo dramático y lo grave. Sus obras religiosas y alegóricas, como la Historia del profeta Elías para la iglesia carmelita y el Triunfo de la Cruz para el Hospital de la Caridad, se caracterizan por composiciones sombrías y contundentes. Fue amigo íntimo de Bartolomé Esteban Murillo, cuyo estilo sereno contrastaba marcadamente con el suyo. Ambos trabajaron juntos, en particular en un encargo para el Hospital de la Caridad, junto con el escultor Pedro Roldán. Con Murillo y Herrera el Joven, contribuyó a fundar la Academia de Arte de Sevilla, de la que más tarde fue presidente.

Lo que impulsó su obra más singular fue su preocupación por la mortalidad. Sus pinturas de vanitas, entre ellas In ictu oculi («en un abrir y cerrar de ojos») y Finis gloriae mundi («el fin de la gloria del mundo»), reflexionan sobre lo efímero y la muerte. Las alegorías del Tiempo y la Muerte que pintó para el Hospital de la Caridad en 1672 figuran entre sus obras más conocidas. Su pincelada enérgica y libre, y su rica paleta de colores, dotan a estas reflexiones de una vívida inmediatez.

La familia ocupó un lugar central en su vida. En 1647 se casó con la pintora Isabella Carasquilla, y varios de sus cinco hijos se dedicaron al arte; sus hijas se especializaron en miniaturas de retrato. Valdés Leal ocupa un lugar destacado en el arte barroco español, como contrapunto a Murillo y maestro de la vertiente sombría, dramática y obsesionada con la mortalidad de la pintura andaluza.

El vestido de la mujer es blanco, de mangas anchas, y lleva un manto azul intenso, forrado de malva suave. Está de pie sobre un disco pálido, entre un banco de nubes, bajo un resplandor dorado; por encima de ella flotan una corona y una pequeña figura alada. En las esquinas inferiores destacan dos hombres barbudos: uno viste de marrón grisáceo y el otro, una capa roja. Entre ambos, las rocas y el agua se hunden en la oscuridad. Predominan los tonos dorados, rojos y azules, y la pintura está aplicada con soltura: las pinceladas quedan a la vista, en lugar de difuminarse.

Sí, su esposa, Isabella Carasquilla, también era pintora, y sus hijos Lucas, Juan, Luisa, María y Laura también se dedicaron al arte; sus hijas se especializaron en miniaturas de retrato.

En el museo, ante cualquier obra: hazle una foto y escucha su historia.

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