Imagen: King
Bahía Magdalena
Mira justo más allá, donde una pequeña embarcación y unos remos yacen enredados entre los témpanos rotos de una laguna de un turquesa pálido, y podrás leer toda la historia de la escena en unas pocas pinceladas: una tripulación llegó a este lugar y algo salió mal.
La pintura es un óleo sobre lienzo y representa un paisaje del Ártico. Su título sitúa la vista en la bahía Magdalena, contemplada desde la península de Tombeaux, al norte de Spitsbergen, y atribuye el efecto a una aurora boreal. El material nos cuenta que Biard formó parte de una expedición científica dirigida por Joseph Paul Gaimard, que viajó a Spitsbergen y Laponia en 1839, y que realizó este cuadro durante aquel viaje. La obra se expuso en el Salón de París de 1841 y procedía de la colección del propio artista, de donde pasó al museo. Para entonces, Biard era conocido por sus animadas escenas de la vida cotidiana y se había casado con Léonie d’Aunet, quien participó en la misma expedición y más tarde escribió su propio relato de ella.
Las fuentes no nos dicen cómo recibieron la pintura los críticos ni qué pretendía Biard que significaran los cuerpos, así que la interpretación de la escena sigue abierta.
François-Auguste Biard fue un pintor francés nacido en Lyon en 1799 que pasó gran parte de su vida viajando, y cuyas andanzas inquietas se convirtieron en el tema mismo de su arte. Sus padres esperaban que ingresara en la Iglesia, pero él se decantó por la pintura: primero trabajó en una fábrica de papel pintado de Lyon y después estudió en la École des Beaux-Arts local. Su formación académica fue irregular y a menudo se lo describe como un artista en gran medida autodidacta, que aprendió tanto de sus propios viajes y observaciones como de sus maestros.
A Biard lo impulsaban el amor por la aventura y la curiosidad por pueblos y lugares lejanos. Viajó por Italia, Grecia y Oriente Medio; luego cruzó el Mediterráneo hasta Malta, Chipre, Siria y Egipto, y más tarde se unió a una expedición científica a Spitsbergen y Laponia en 1839. También era una figura vivaz y algo traviesa: en sus populares escenas de género solía introducir humor en composiciones por lo demás serias, una costumbre que encantaba a algunos públicos y le valía críticas de otros. Su vida personal fue turbulenta, sobre todo por el escándalo en torno a su esposa, la escritora Léonie d’Aunet, y su aventura con Victor Hugo, que terminó con la anulación de su matrimonio.
Su reputación se basa en la mezcla de exploración y anécdota que aportó a la pintura. Fue uno de los primeros pintores europeos en representar a los pueblos indígenas de la Amazonía brasileña, y sus dos años en Brasil, documentados en el libro ilustrado *Deux années au Brésil*, siguen siendo un valioso testimonio de aquella época. En la historia del arte, se lo entiende mejor como un pintor viajero de la era romántica, cuyas imágenes de tierras lejanas y escenas cotidianas combinaban el interés documental con el atractivo de la narración.
Este cuadro fue pintado por François-Auguste Biard, quien se había unido en 1839 a una expedición científica dirigida por Joseph Paul Gaimard a Spitsbergen y Laponia, y el lienzo surgió de aquel viaje. Se expuso en el Salón de los Artistas Franceses de París en 1841, y fue pintado por el propio Biard; llegó al museo procedente de su colección personal. Ten en cuenta que es el testimonio del pintor sobre un viaje que él mismo había hecho, no un encargo que alguien le hubiera hecho.
La escena es fría y casi incolora: azules, blancos y grises pizarra; la nieve está pintada con trazos suaves y fundidos, mientras que el cielo se resuelve con vetas blancas, finas y arremolinadas. La mirada se dirige al centro del lienzo, donde un glaciar plano se abre entre montañas oscuras y escarpadas a ambos lados; el claro luminoso de esa abertura impide que la composición se cierre. Hacia la derecha, un alto acantilado de hielo pálido se encuentra con una cornisa rocosa oscura, lo que da al lado derecho más peso y solidez que al izquierdo, más abierto. Sobre la ladera nevada del primer plano, unas pocas huellas pequeñas atraviesan el blanco, un discreto registro del movimiento. La poza turquesa queda justo detrás de las figuras oscuras y muestra témpanos fragmentados, de modo que los colores más fríos se concentran alrededor de los cuerpos. Aquí nada es cálido; hasta la luz es pálida y difusa, así que toda la vista parece desvaída y remota.
Sí. Léonie d’Aunet, que viajaba con él como su prometida, publicó más tarde su propio relato del viaje, en 1854, titulado *Viaje de una mujer a Spitzberg*.
Sí. Hacia 1858 pasó dos años en Brasil, donde trabajó en la corte del emperador Pedro II, amigo suyo, y realizó excursiones por el interior del país y el Amazonas.
